Para los expertos como R. Neimeyer y G. Wonden, los profesionales deben trabajar sus duelos o pérdidas a través del desarrollo de tareas personales que les permitan reconstruir un mundo de significados, y con ello su propio ser. Por lo tanto, se debe reconocer que los profesionales pueden sentir la pérdida y el dolor que ello conlleva, ya que puede significar una crisis de sentido, necesitando de un trabajo que implica la reconstrucción de narrativas personales y la descripción de sus relacionales transpersonales, que permitan integrar lo ocurrido. Este trabajo ayuda a conceptualizar cómo los equipos resignifican muertes y eventos críticos, evitando la “desconexión moral” que compromete la atención de calidad y humana, promoviendo prácticas reflexivas de los funcionarios.
Según Wonden, los desafíos que se deben trabajar son:
- Aceptar la realidad de la pérdida en el ámbito laboral.
- Ser capaces de expresar el dolor y compartir las emociones.
- Adaptarse a un entorno sin la persona
- Recolocar emocionalmente a la persona fallecida y seguir viviendo.
En este mismo sentido, se recomienda en el contexto clínico realizar rituales de despedida o cierre afectivo, debriefing entre las personas que participaron de la atención, supervisión de profesionales jóvenes u cuyo vínculo con el paciente pudiera causarle mayor dolor. Esto facilitaría la elaboración de la perdida dentro del equipo, considerado un núcleo de confianza y apoyo.
A lo anterior, Vega et al. proponen estrategias de afrontamiento y soporte organizacional (psicoeducación, espacios de reflexión, protocolos de acompañamiento), con foco en ética del cuidado y prevención de desgaste profesional.
Es relevante al interior de los equipos considerar los factores de vulnerabilidad que pueden tener los profesionales y que pueden complejizar la elaboración del duelo. Entre ellos se describen la alta exposición a muerte y sufrimiento de algunas unidades de atención a pacientes, cargas asistenciales intensas y conflictos éticos que se asocian a mayor probabilidad de duelo complicado, fatiga por compasión y estrés moral en equipos clínicos.
A esto se suma la escasez de espacios de apoyo estructurados de reflexión al interior de las unidades e instituciones de salud, que incrementa el riesgo de malestar y compromiso de la calidad de vida y salud de los funcionarios, lo que impacta en la calidad del desempeño laboral y atención que ellos brindan a las personas bajo su cuidado y atención.